Los Malos Pensamientos


Escrito el 14/08/2017 por Juan Manuel Llorca

Portada del libro Los Malos PensamietosAdoro la literatura y adoro escribir.

Mi padre tenía un batín morado y siempre le recuerdo con él puesto, sentado en un sillón de orejas, bebiendo en un vaso bajo una mezcla de güisqui y vermut y leyendo un libro. Sus gustos literarios, cuando yo empecé a tener conciencia de lo que era eso, estaban lejísimos de los míos: le gustaban José María Gironella, Álvaro de la Iglesia, Fernando Vizcaíno Casas… pero también había leído, y nos dio a conocer, a Miguel Mihura, Jardiel Poncela, Edgar Neville, Wenceslao Fernández Flórez, Álvaro Cunqueiro… Y aquello ya eran palabras mayores.

Mi casa estaba llena de libros, o al menos eso me parecía a mí.

Todo empezó con Enid Blyton y las aventuras de los Cinco, Los Siete Secretos… Luego llegaron Emilio Salgari, Julio Verne, Víctor Hugo…

Y me fui a estudiar a un colegio interno.

El Seminario Menor de Toledo tenía una biblioteca increíble, era pequeña y recoleta con un techo bajo con artesonado y restos de unas yeserías mudéjares con figuras humanas que las hacía únicas. Era un lugar mágico. Olía a madera y a libros, la iluminación era cálida e íntima a la vez y el suelo y los bancos crujían mientras nosotros leíamos a Delibes, a Cela, a Ramón J. Sénder, a Max Aub, a Ferlosio, a Carmen Martín Gaite, a Ana María Matute, a Eduardo Mendoza, a Martín-Santos…

Si dicen que la patria es la infancia yo digo que aquella biblioteca cambió mi vida.

Recuerdo especialmente la colección Destinolibro como un tesoro donde se escondía un mundo que iba mucho más allá de todo lo que el adolescente que fui podía imaginar.

Y leí y leí y la literatura agrandó todas las fronteras y contribuyó a configurar el ser humano que ahora soy.

Y soy un escritor recién llegado, pero me siento bien en este traje.

Mil veces, a lo largo de mi vida, me he sentido un impostor interpretando un papel mal elegido. Sin embargo, guste más o menos a los demás lo que escribo, me reconozco sentado delante de un ordenador, curioso ante la caravana de hormigas que va apareciendo en la pantalla, y me caigo bien. Mucho mejor que antes de que Palmira me llamara y me dijera: “Te van a publicar”

Si me dan a elegir, me pido escritor.

Los Malos Pensamientos es una novela coral donde todos los personajes, por muy secundarios que sean, están tratados como si fueran el eje de la trama y tuvieran un pasado y una historia que va más allá de lo que en la novela aparece.

Y es una novela negra, con sus muertos, su investigación, sus sorpresas, sus encrucijadas… pero también es una historia de personajes reconocibles en nuestras propias vidas, ya saben: desvalidos y fuertes al mismo tiempo, seguros y dubitativos a partes iguales, tratando de llevarse bien consigo mismo como le sucede a quien esto escribe y, posiblemente, a quien lo lee.

No sé cuál es el fin último de la literatura, ni las anhelos de los escritores cuando entregan sus obras a la imprenta, pero sí sé que hay canciones, relatos, perfumes, comidas, cuadros, películas, y un largo etcétera de manifestaciones que tienen la capacidad de cambiar estados de ánimo, hacer olvidar problemas, reconfortar, invitar a la reflexión, divertir, entretener… y, como casi todo lo que tiene que ver con la creatividad no deja de tener un carácter aspiracional, permítanme que yo aspire a provocar, en alguno de los lectores que se tomen el tiempo de leerme, cualquiera de esos sentimientos, pues todos ellos me han acompañado mientras yo escribía Los Malos Pensamientos.

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